
He pasado mucho tiempo de mi vida en México. Ha sido una tierra que me despertó espiritualmente, que me abrió los ojos y el corazón de maneras que aún siguen siendo un misterio. México me enseñó a ver a Dios en las calles, en la gente, en las plazas, en las conversaciones inesperadas, en los silencios y en los gestos pequeños que transforman un día entero. No veo la hora de regresar en 2026, volver a caminar sus barrios, reencontrarme con sus voces y con las partes de mí que se activan allá.
Uno de mis lugares favoritos de Coyoacán es la Plaza de Santa Catarina. Suelo sentarme ahí de a ratos, observando la vida pasar, escuchando el sonido de la fuente, respirando las historias profundas que guarda ese rincón del mundo bajo su aparente calma. Por supuesto, la dulzura y tibieza del atolito del Merendero Las Lupitas ayudan. Hasta el padre Pablo, el cura de la iglesia, me regaló una vez una medallita de la Virgen, un gesto que aún guardo como símbolo de esos encuentros que no se programan, pero que dejan una huella.
Todas las noches, como a las diez, llega Carlos. Él duerme en la plaza. Ahí se siente seguro y protegido. Carlos tiene una sensibilidad y una intuición envidiables, además del don de la palabra. Es un hombre con historia, con heridas, con sueños, con un amor que todavía nombra. Hoy me dijo que yo, por el abrigo verde militar camouflage que llevaba puesto (que encima también tiene rosas, pueden verla en la foto), parecía una Indiana Jones del alma. Y yo, que ya venía con el corazón blando, me reí con esa metáfora tan perfecta.
Hablamos de Dios, de Jesús, de la vida, de cómo a veces es necesario alejarnos de los lugares y las personas a los que pertenecemos. Caminar. Rodar. Seguir. Parar solo cuando tengamos sueño o cuando encontremos algo que se acerque a lo que buscamos. Antes de despedirnos, me dijo: “Tú sigue viajando, Laurita, que uno de esos países va a darte el amor que le hace falta a tu corazón”. Y me lo dijo con una certeza que no reclamaba explicación.
Yo pienso en México y también en Jerusalén, Granada, Buenos Aires, como seres vivos, palpitantes. Ciudades que respiran, que observan, que acompañan. Lugares que me ven cuando llego rota y me escuchan cuando no tengo palabras. Que me recuerden quién soy cuando lo olvido un poco. Cada visita me recuerda a una parte de mi alma.
Para cerrar
Cada encuentro nos revela algo, incluso cuando creemos que es solo una charla pasajera con un desconocido. A veces el mensaje que más necesitábamos escuchar aparece en boca de alguien inesperado, en una plaza cualquiera, a la hora en que el mundo ya se está quedando quieto.
¿Dónde has sentido últimamente un llamado a volver a vos mismo?
¿Qué conversaciones inesperadas te han dejado una verdad que necesitabas escuchar?
¿En qué lugar del mundo sentís que te espera una parte de tu alma?
