La palabra “amor” tiene tantos significados como personas que la pronuncian. Yo suelo usarla para hablar de un estado de conciencia marcado por la unión y la certeza.

La palabra «fe» que aparece en la Biblia proviene de la traducción del término hebreo «emuna» al griego. Emuna no significa “fe”, sino “certeza”. Por otro lado, la palabra hebrea «ahava» significa “amor”, pero también “unión”.

Cuando uno se une a algo o a alguien, cuando no hay distancia ni separación, estamos creando lo que llamamos amor. Hay una razón por la que la gente llama a la intimidad sexual “hacer el amor”.

La certeza nace de la unión: cuando uno se funde con la vida, con el momento presente o con otro ser (sexualmente o no), la duda desaparece. Estamos creando el amor, literalmente, uniéndonos, siendo uno.

Ahora, el amor ero-romántico es otro cantar

Ayer conversaba con un amigo sobre el amor del alma. Desde muy joven supe que existe un tipo de amor que no se conforma con la estabilidad, la comodidad ni el simple calor humano, sino que busca la verdad sobre quiénes somos y para qué estamos aquí.

El amor del alma no promete calma ni permanencia; promete transformación. No siempre es compatible con la paz que brinda la compatibilidad emocional, porque su propósito no es sostener rutinas. Es un viaje encendido por un fuego que transmuta, una conexión del alma que nos empuja a despojarnos cada vez más, a quedarnos más desnudos, más libres, más vivos… y, a veces, también más solos.

Hasta que llega el profundo deseo de compartir esa soledad.

«No cambio mi soledad por un poco de amor. Por mucho amor, sí. Pero es que el mucho amor también es soledad… ¡Que lo digan los olivos de Getsemaní!» ~ Dulce María Loynaz Muñoz (foto mía de un olivo centenario en flor, tomada en los jardines de Getsemaní, en Jerusalén).

Al darme cuenta de eso, resignifiqué todas mis experiencias. Entendí que cada experiencia, las que dolieron y las que no, ha formado parte de ese camino del amor del alma, porque no es posible vivir un amor del alma si no conoces a tu propia alma.

Todas esas historias que parecen salidas de una película multigénero (amor, terror, ciencia ficción ¡y mucha comedia!) no han sido errores ni fracasos, sino experiencias necesarias para aprender qué es el amor a través de entender lo que no es 🙂

«Solo se sana en relación», dice mi maestro Daneil Taroppio, y cuánta verdad hay en esas palabras. Porque es en el espejo del otro donde se revelan nuestras sombras, nuestras heridas y también nuestra luz. Cada encuentro nos invita a recordar quiénes somos, a amar y a amarnos más allá del miedo, y a reconocer que la relación no es el destino, sino el camino hacia una mayor conciencia, compasión y libertad.

Al mirar atrás, veo que no hubo error ni desvío: cada persona que apareció en mi vida me mostró algo de mí que todavía no conocía. Un reflejo, una herida, una posibilidad.

Algunos encuentros me invitaron a abrirme; otros, a poner límite. Unos me enseñaron ternura; otros, desapego. Pero todos, sin excepción, me acercaron a mi verdad. Cada despedida ha abierto una puerta. Cada silencio, una oportunidad de escucharme más hondo. Cada «no» me ayudó a definir mi «sí». Cada relación fue un aprendizaje. Cada paso a ciegas, cada lágrima fue un hilo que bordó el amor más grande de mi vida: el amor por mi libertad.

Y es ahora cuando llega quien también es buscador/encontrador. Disponible en cuerpo, corazón y espíritu. Caminando un camino consciente de descubrimiento. Valiente para encontrarme en la expansión, no solo en el refugio. Comprometido con su libertad y con la mía. Entrando de mi mano, con cuidado y ternura, a esos lugares inexplorados de mi corazón.

«Al oír tu voz, aprendí a cantar…» 🎶 💃🏻🔥🕺🏻 «Cuando llegue el alba»

Y tú…

💭 ¿Qué has aprendido sobre el amor en tu propio camino?
💭 ¿Qué parte de ti estás bordando hoy en tu bandera de libertad?

Poema del libro «Viajes» del divino Carlitos Rodíguez Arias, de La página de San Telmo