Yo creo que todos nuestros problemas, e incluso nuestras dolencias físicas, se deben a alguna forma de resistencia. Resistencia a aceptar, a terminar y a cambiar. El alma avisa a través del cuerpo lo que la mente se niega a escuchar. Y aunque intentemos forzar otra dirección, el corazón se abre solo a lo verdadero, a la verdad.

A veces, nuestra primera reacción ante algo que sentimos y que no deseamos sentir —tristeza, enojo, amor, miedo, deseo— es cerrarnos a ese sentir, protegernos, tratar de esquivarlo o esconderlo. Esa resistencia genera tanto esfuerzo… La invitación, entonces, no es a luchar, sino a rendirse con humildad y confianza, con la certeza de que todo está y estará bien. Rendirse sin contarse historias que provoquen mayor sufrimiento. Rendirse sin distraerse, honrando todas las emociones que son expresiones de tu vasto ser. Entregarse al presente con el corazón abierto.

Al final, todo se reduce a dejar de pelear con lo que YA ES y permitir que la vida fluya a través de nosotros, como un río que nunca se equivoca de rumbo. Cuando dejamos de imponer nuestra historia y simplemente nos entregamos a la experiencia inmediata, la vida se vuelve más ligera, más auténtica y más nuestra. Y en ese espacio, donde ya no forzamos nada, aparece una claridad que no surge del pensamiento, sino del corazón. Sentate, bailá o salí de paseo con lo que sea que esté vivo en vos ahora y puja por expresarse, de una manera u otra, a través de tu corazón que siempre, siempre, está orientado a la vida.

 Basta

Basta. Estas pocas palabras son suficientes. 
Si no estas palabras, este aliento. 
Si no este aliento, este estar aquí sentado.

Esta apertura a la vida 
la hemos rechazado 
una y otra vez 
hasta ahora.

Hasta ahora.

David Whyte

¿A qué emoción te estás resistiendo hoy?
¿Qué pasaría si, en vez de pelearla, te sentaras a sentirla sin contarte ninguna historia?
¿En qué parte de tu vida podrías aflojar y permitir que sea la vida la que guíe el próximo paso?