Una conversación espontánea con el padre Pablo, en una pequeña iglesia antigua, me recordó que la verdadera fe no depende de los rituales ni de las instituciones, sino de encarnar el amor en la vida cotidiana. Solo siendo plenamente humanos podremos conocer al Origen.

Hace unos años entré a una iglesia de Coyoacán, en la Ciudad de México.
Era una iglesia chiquita, luminosa y muy, muy antigua, a la que me he sentido unida desde la primera vez que la vi. Sé que, entre nosotros, hay una historia que atraviesa el tiempo y el espacio y que data incluso de tiempos prehispánicos.
Allí estaba Pablo, el sacerdote, a quien aún no conocía. No sé por qué le dije que quería hablar con él.
Me preguntó:
—¿Quieres confesarte?
—Ya no me acuerdo cómo se hace eso —le respondí.
—No te preocupes —dijo sonriendo—, siéntate aquí conmigo y conversemos, que aún falta mucho para la misa.
Charlamos a un lado del altar, de igual a igual, de mis cosas y de las cosas de Dios, y del lugar donde ambas se unen. Le conté unos desafíos por los que estaba atravesando, dolores que no se iban. Me habló de ser humana, de la inutilidad de la culpa y de focalizar en el futuro.
Antes de comenzar la misa, me pidió que me quedara:
—Voy a decirte algo más durante el sermón.
Durante la homilía habló de los dictadores, corruptos y opresores de todo el mundo que comulgan diariamente. Citó explícitamente a los jefes de las dictaduras militares de los años 70 en Sudamérica. Luego me miró a los ojos y dijo:
“Lo importante, lo verdaderamente importante, es hacer carne la palabra de Jesús, en la iglesia o donde sea.
Quienes tenemos el privilegio de poder cultivarnos y cultivar nuestra relación con Dios, tenemos que darnos.”
Al final de la misa me hizo señas para que me acercara.
—Laura, ven, quiero darte una bendición especial y un regalo.
Me bendijo con su pensamiento, con su palabra y con su sentir. Y me regaló una pequeña medallita de la Virgen de Guadalupe.
Yo me considero una mística, es decir, me comunico directamente con Dios y, en general, soy muy crítica con las religiones organizadas (no con quienes las profesan). Sin embargo, Pablo me recordó algo profundo: que los mejores maestros aparecen donde menos imaginamos, y que los prejuicios y las generalizaciones no nos permiten ver a Dios en otros seres humanos.
Aquel encuentro con el padre Pablo me enseñó algo que todavía llevo conmigo: que la presencia de Dios —o del misterio, del amor, de lo sagrado, como cada quien lo nombre— no vive encerrada en templos ni en estructuras. A veces aparece en una conversación inesperada, en un gesto humilde, en una mirada que nos reconoce. A veces se manifiesta en personas de las que creíamos estar lejos, hasta que algo en ellas nos recuerda nuestra propia humanidad. Y otras veces llega en forma de una pequeña medalla que no es solo un objeto, sino también un recordatorio silencioso de que lo esencial es la manera en que encarnamos el amor en nuestra vida cotidiana.
Preguntáte:
¿Quién fue la última persona inesperada que te mostró algo de Dios, del amor o de vos mismo?
¿Qué ideas o prejuicios podrían estar impidiéndote ver la luz en otros seres humanos?
¿Qué “medalla” simbólica —un gesto, una palabra, un encuentro— te ha recordado recientemente lo que verdaderamente importa?
